Tercer cuaderno
Las peleas. Pág.21
Estoy sentado a la mesa, oyendo a mi abuelo conversar con el Sr.Drake acerca de una gran pelea que se llamó Trafalgar y me acuerdo de los cuatro años que pasamos lejos, sin Coquimbo ni mi abuelo, viviendo muy al sur,en Talca. No me puedo confundir porque hice allí de primero a cuarto en la escuela junto al mercado, así es que la cuenta es clara. Teníamos de vecina a una señora que se llamaba la viuda Aladro. Debía ser rica, porque su hijo, el Miguel, tenía bicicleta. Este cabro salía conmigo a dar vueltas por la ciudad y en esas vueltas en cuanto aparecía un niño de mi edad, el Miguel paraba la bici, me mandaba bajar y tocarle la oreja a mi probable contendiente. Si este aceptaba la “ofensa” no mostrando enfado sino en cambio una risita sumisa hasta ahí llegaba la cuestión. Si por el contrario respondía pegando un empujón era la señal de que ese sería el comienzo de una buena pelea a combos. A veces, antes del combate, tratábamos algunas reglas, que por lo general era un acuerdo “a combo limpio”. Quería decir puñetazos y nada más. En el otro extremo estaba la modalidad “combo, patá y gargajo”. Pero esta no se solía utilizar en este tipo de batalla más bien deportiva. Sí en caso de agravios graves, como insultos a la madre, hermana o cosas por el estilo. La pelea estaba siempre ceñida a la regla de oro que nunca se le podía pegar a uno más pequeño. Hacer eso te convertía lisa y llanamente en un maricón. Igual que pegarle a una mujer o a quien tuviese un impedimento como el ser cojo o llevar gafas. Estas reglas eran y son tan estrictas que cualquiera que se las haya saltado hoy en día es reconocido como maricón y abusón, o sea de las peores cosas que se puede ser. Otra regla importante era respetar las prendas de valor. Dar tiempo al otro para que se sacara, poniendo a salvo, las prendas que considerara importantes. El paletó. Algunos los zapatos. Y siempre los anillos como signo de caballerosidad hacia el contrincante. Si la camisa era nueva también solía sacarse, aunque todo ataque a la ropa se consideraba como cosa de mujeres. Algo así como rasguñar o tirar de los pelos. La pelea tenía que ser a combos. También estos preparativos tenían la importancia de dar tiempo a que se reuniera público, porque en cuanto empezaba la ceremonia de amontonar cada uno sus prendas en la acera del lado respectivo, los peatones, generalmente hombres, se detenían, mostraban su interés y algunos incluso hacían apuestas y otros echaban risitas burlonas como queriendo decir que la pelea no tenía demasiado valor por ser “de cabros chicos”. Las mujeres pasaban de largo y cuando paraban era para retarnos a los niños diciéndonos cosas tales como que nos fuéramos para la casa, que no había que andar peleando y ese tipo de recomendaciones que siempre hacen las mamás. Las de Talca como las de aquí, de Coquimbo. Algunas se atrevían a retar a los mirones a lo que ellos respondían con piropos pero sin tomarlas en serio. Cuando vas a pelear, y supongo que lo mismo sentirían los de la Batalla de Trafalgar, es lo mismo que cuando vas al dentista. Lo peor son los minutos anteriores a empezar. Porque piensas. Pero desde que llevas un par de buenos puñetes encajados ya no te duele ninguno más y solo sientes estallidos o voladeros de luces. Hasta a veces te parecen bonitos. Y los combos en la nariz te hacen sentir un olor muy especial a lo que no huele ninguna otra cosa. Yo lo tengo, ese olor, tan presente que siempre lo recuerdo. Es decir, no hace falta que me peguen un combo para volver a sentirlo. Basta que me lo proponga y ya está. En Coquimbo he peleado menos. Los amigos son amigos y solo me he coscacheado con El Huaso por la cuestión de los Padrinos cachos en la iglesia. Y le gané, aunque nos separa se a sartenazos la señora de los picarones, doña Elba LLanos. Fue al final y ya había veredicto. Yo creo que esos combates de Talca me hicieron bien, porque no es que me guste pelear, pero estar entrenado y saber lo que una cosa es te ayuda siempre, como en todo. Tanto para meterte como para evitar. Y te hace comprender las reglas tanto como si las hubieses inventado tú mismo: Nunca pegarle a las mujeres. Ni a alguien más chico que tú. Nunca. Ah: y no llorar.
René Avendaño Marín
La Coruña, Octubre 2007
751. p
elroerto@yahoo.es
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